Durante décadas, abrir la Puerta Grande de Las Ventas equivalía a tocar el cielo taurino. No había triunfo comparable. Madrid no regalaba nada. Dos orejas en la primera plaza del mundo eran una frontera reservada para elegidos, para tardes de absoluta dimensión histórica. Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos diez años. La Puerta Grande sigue siendo un acontecimiento, pero ya no tiene el mismo aroma de imposible.
Los números hablan solos. Desde 2016 hasta la actualidad, Las Ventas ha vivido una auténtica transformación en la frecuencia de sus grandes triunfos. Ha habido años de auténtica explosión, con toreros enlazando puertas grandes en apenas semanas, y otros donde determinados hierros han convertido Madrid en un territorio mucho más propicio para el éxito.
Pero detrás de la estadística hay una historia mucho más profunda: la evolución del toro, del público, del criterio presidencial y también del propio concepto del triunfo.
Hubo un tiempo en que una Puerta Grande en Madrid marcaba una carrera para siempre. La de César Rincón en los 90, la de Espartaco, Ojeda, Ruiz Miguel o José Tomás eran gestas casi irrepetibles. Hoy, sin embargo, la sensación es distinta. Desde 2016, Las Ventas ha registrado una sucesión de triunfos que dibuja un escenario nuevo.
El punto de inflexión moderno podría situarse en aquella primavera de 2016. En apenas unas semanas salieron a hombros Curro Díaz, Roca Rey, David Mora, López Simón, Manzanares o varios rejoneadores. Madrid empezaba a abrirse más de lo habitual.
En 2023 y 2024 el fenómeno alcanzó otra dimensión con Fernando Adrián, Borja Jiménez o Diego Ventura, mientras que 2025 y 2026 han confirmado una nueva generación de triunfadores: Álvaro Serrano, Julio Norte o Julio Méndez ya han escrito su nombre en la historia reciente venteña.
Victoriano del Río, el gran rey de Madrid
Si hay una ganadería dominante en la última década, esa es Victoriano del Río.
Ningún hierro ha propiciado más Puertas Grandes recientes en Las Ventas. Sus toros han acompañado triunfos de López Simón, Paco Ureña, Emilio de Justo, Roca Rey, Francisco de Manuel, Borja Jiménez, Talavante o el propio Morante de la Puebla.
La clave no está solo en la cantidad, sino en el tipo de toro. Victoriano ha conseguido algo dificilísimo: mantener seriedad y transmisión sin renunciar a la movilidad y la emoción moderna que exige el triunfo grande.
En muchas de esas tardes apareció un denominador común: toros con duración, clase y ritmo. Animales que permitieron construir faenas largas, ligadas y de impacto visual inmediato. Justo el tipo de obra que hoy conecta rápidamente con Madrid.
No es casualidad que varias de las faenas más importantes de los últimos años llevaran ese hierro detrás.
Fuente Ymbro y Alcurrucén, los otros pilares
Si Victoriano del Río lidera la estadística, Fuente Ymbro y Alcurrucén representan otra cara del triunfo.
Fuente Ymbro ha sido decisiva en las explosiones de Tomás Rufo, Álvaro Alarcón, Jarocho o Julio Norte. Un hierro que mantiene movilidad y emoción incluso en las novilladas y que ha permitido a muchos jóvenes abrirse paso a golpe de verdad.
Alcurrucén, por su parte, aparece asociada a tardes de enorme importancia: David Mora en 2016, Ginés Marín en 2017 y 2021 o las grandes corridas de fondo y clase que siguen sosteniendo el prestigio del encaste Núñez en Madrid.
También sorprende la presencia de hierros considerados más duros en algunas de las gestas recientes. Victorino Martín ya no solo representa épica defensiva. La Puerta Grande de Borja Jiménez en 2023 o la de 2025 evidencian que incluso el torismo puede desembocar en triunfos rotundos cuando confluyen emoción y capacidad.
Las faenas de dos orejas que marcaron época
En estos diez años ha habido tardes que trascendieron el simple dato estadístico.
La de Roca Rey en 2016 con “Buzonero” de Núñez del Cuvillo significó la irrupción definitiva de una figura llamada a dominar una generación.
La de Diego Ventura en 2018, cortando un rabo simbólico en una exhibición de rejoneo total, cambió para siempre la dimensión del caballo en Madrid.
La de Emilio de Justo en 2021 confirmó el regreso del clasicismo poderoso a Las Ventas.
La de Borja Jiménez con Victorino en 2023 tuvo aroma de acontecimiento generacional. Aquella tarde recuperó algo que Madrid parecía haber perdido: la sensación de que un torero podía cambiar su vida en una sola corrida.
Y luego están las faenas imposibles de medir solo por trofeos. La de Morante en 2025, por ejemplo, tuvo más peso artístico que muchas puertas grandes completas. Porque Madrid sigue teniendo algo único: el recuerdo vale más que las estadísticas.
La nueva realidad de Las Ventas
La pregunta inevitable aparece sola: ¿se ha abaratado la Puerta Grande? La respuesta probablemente no sea simple, Por un lado, el público actual premia más la entrega, la conexión y la emoción inmediata. La plaza ha cambiado sociológicamente. Hay más turismo, más presencia ocasional y menos aficionado de temporada completa. Eso influye.
También influye el ritmo de las faenas modernas. Hoy se busca continuidad, impacto visual y emoción sostenida. El toreo de uno en uno, tan venerado hace décadas, muchas veces ya no basta para cortar dos orejas y después está la presión mediática. Madrid vive permanentemente amplificada por televisión, redes sociales y repercusión digital. Las grandes tardes se convierten en fenómenos virales en cuestión de minutos.
Pero aun así, abrir la Puerta Grande de Las Ventas sigue siendo distinto.
Porque por muchas que haya, ninguna plaza pesa igual. Ninguna cambia carreras igual. Ninguna convierte un nombre en figura con tanta velocidad.
La eterna contradicción de Madrid
Curiosamente, cuanto más frecuentes parecen las Puertas Grandes, más necesidad tiene Madrid de proteger su aura.
Porque el verdadero valor de Las Ventas siempre fue la dificultad. La sensación de que allí nada era sencillo. De que dos orejas no eran una recompensa matemática, sino una conquista emocional.
Por eso algunas tardes recientes han generado debate. No tanto por los triunfos en sí, sino por la sensación de que la excepcionalidad empieza a convertirse en costumbre.
Y quizá ahí esté el gran desafío de la plaza en esta nueva era: mantener el equilibrio entre premiar las grandes obras y conservar intacto el prestigio del triunfo más importante del toreo.
Porque una Puerta Grande en Madrid debería seguir siendo eso que parecía hace años: algo casi imposible.
