Foto Mariano Giménez

Diego Urdiales abre la Puerta Grande del clasicismo

Madrid volvió a detenerse frente a la verdad del toreo eterno. En una plaza tantas veces dominada por la velocidad, el gesto vacío y la prisa moderna, Diego Urdiales apareció para recordar que el toreo también puede ser pausa, armonía y sentimiento. El riojano abrió la Puerta Grande de Las Ventas en una de esas tardes que no se explican únicamente con trofeos, sino con sensaciones que quedan suspendidas en la memoria de una plaza entera.

Y todo ocurrió con una corrida de Juan Pedro Domecq que devolvió categoría, clase y emoción al ruedo venteño. Una corrida seria, elegante y con varios toros de enorme calidad, entre ellos el extraordinario “Mapaná”, gran protagonista junto al veterano torero de Arnedo.

Desde que recibió al primero de su lote ya se percibió algo distinto. Las verónicas de Urdiales tuvieron esa cadencia antigua que no necesita aspavientos para llegar arriba. Toreó despacio, llevándose al toro muy cosido al capote y rematando con una media de cartel. Madrid rugió pronto, consciente de que aquello tenía aroma de acontecimiento.

La faena de muleta fue creciendo poco a poco. El toro tenía clase y recorrido, especialmente por el pitón derecho, y Diego apostó por el temple y la suavidad. No hubo acelerones ni ventajas. Todo surgió desde la naturalidad y el gusto. Los naturales, ya mediada la obra, elevaron el tono de una labor rematada de una estocada soberbia que por sí sola valía una ovación cerrada. La oreja cayó con fuerza.

Pero lo verdaderamente grande llegó en el cuarto. “Mapaná” saltó al ruedo con expresión seria y una embestida de seda. Urdiales volvió a cuajar un recibo capotero memorable, ralentizando el tiempo en cada lance. Hubo un momento en el quite en el que Las Ventas entera se abandonó al olé más rotundo de la feria. Toreo del caro, del que no se enseña, del que nace.

La faena tuvo aroma clásico de principio a fin. Ayudados por bajo cargados de torería, trincherazos lentísimos y tandas construidas desde la pureza. No fue una obra basada en el alboroto, sino en la profundidad. Cada detalle tuvo intención y poso. Un cambio de mano dejó a la plaza suspendida en silencio antes del estallido final. La espada cayó efectiva y Madrid pidió con fuerza la oreja que abría definitivamente la Puerta Grande al torero riojano.

“Mapaná” fue despedido entre una ovación sincera, reconocimiento merecido a un toro bravo, elegante y de enorme calidad que engrandeció todavía más la dimensión de la tarde.

El regreso de Roca Rey había levantado enorme expectación y el peruano respondió con actitud y entrega. Su primero tuvo menos opciones y exigía una faena mucho más paciente de lo que aparentaba. Roca se mantuvo firme y dispuesto, aunque sin terminar de romper la tarde. Sí lo hizo parcialmente en el quinto, un toro de gran clase con el que dejó tandas ligadas y de mucho poder, especialmente al natural. Una oreja premió una actuación seria y de gran exposición.

Bruno Aloi confirmó alternativa en una tarde de máxima responsabilidad. El mexicano mostró disposición y buen concepto, aunque quedó eclipsado por el peso de una corrida y una tarde que terminaron perteneciendo al clasicismo de Diego Urdiales.

Las Ventas, tantas veces fría e implacable, acabó entregada a un torero que lleva media vida defendiendo el toreo puro. Y esta vez Madrid sí quiso reconocerlo. A hombros salió el viejo maestro, mientras la noche caía sobre la calle de Alcalá y todavía resonaban los ecos de aquellas verónicas eternas.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de Toros de Las Ventas (Madrid). Corrida de la Prensa. Lleno en los tendidos.

Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de gran juego en conjunto. Destacó el cuarto, “Mapaná”, de gran clase y calidad.

Diego Urdiales, oreja y oreja. Puerta Grande.
Roca Rey, silencio y oreja.
Bruno Aloi, silencio y silencio.

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