Foto Mariano Giménez

Madrid y el debate eterno de la Puerta Grande

Empieza a abrirse paso en ciertos sectores del toreo y de la afición un debate que hace no tantos años parecía impensable: modificar el criterio de la Puerta Grande en Madrid. No son pocos los aficionados que consideran que, tras varias salidas a hombros muy discutidas en las últimas temporadas, el triunfo máximo de Las Ventas debería endurecer nuevamente sus condiciones.

La discusión nace, sobre todo, de las Puertas Grandes construidas a base de “oreja y oreja”, muchas veces en faenas de distinto peso o incluso en tardes donde no terminó de percibirse una obra verdaderamente redonda. Para parte del madridismo más clásico, la acumulación de trofeos ha sustituido en ocasiones al concepto histórico de rotundidad absoluta que siempre exigió Madrid.

Por ello, cada vez se escucha con más fuerza una propuesta que cambiaría radicalmente el sentido del triunfo venteño: que únicamente pueda abrirse la Puerta Grande cortando dos orejas a un mismo toro.

La idea no es nueva. Durante años fue una especie de código no escrito entre muchos aficionados veteranos. Cortar dos orejas en Madrid a un solo animal significaba algo casi sobrenatural. Era la demostración inequívoca de dominio, rotundidad, emoción y unanimidad en los tendidos. No había discusión posible. La plaza entera entendía que estaba ocurriendo algo excepcional.

Sin embargo, el modelo actual permite construir una Puerta Grande sumando dos actuaciones parciales, una en cada toro, incluso aunque ninguna de ellas alcance una dimensión verdaderamente histórica. Ahí es donde aparece el conflicto.

Los defensores del cambio sostienen que Madrid necesita recuperar parte de su dureza simbólica. Consideran que el triunfo debe volver a ser algo extraordinario, casi inalcanzable, para preservar el prestigio de la plaza más importante del mundo. Y entienden que obligar a cortar dos orejas a un mismo toro devolvería ese nivel de exigencia.

Además, argumentan que eso evitaría ciertas inercias actuales: presidencias más sensibles al ambiente, peticiones aceleradas o tardes donde la emoción colectiva termina imponiéndose al rigor histórico que siempre definió a Las Ventas.

Porque no es lo mismo cuajar un toro de principio a fin, dominarlo, estructurar una gran faena y rematarla con la espada para cortar dos orejas de un golpe, que ir sumando méritos parciales a lo largo de la tarde. Lo primero pertenece al territorio de las grandes obras. Lo segundo, muchas veces, al de la regularidad.

Por supuesto, hay quien piensa lo contrario. Quienes defienden el sistema actual recuerdan que Madrid sigue siendo la plaza más difícil del mundo y que ninguna Puerta Grande cae del cielo. También sostienen que una tarde completa debe tener valor en conjunto y que la capacidad de mantener el nivel ante dos toros diferentes también merece premio máximo.

Pero el debate está encima de la mesa. Y no parece casual que aparezca precisamente ahora, en una época donde las Puertas Grandes se suceden con más frecuencia que en décadas anteriores.

Quizá sea simplemente la evolución natural del toreo moderno. O quizá Madrid empiece a preguntarse si, para seguir siendo Madrid, necesita volver a endurecer su cima más sagrada.

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