Foto Mariano Giménez

Una adjudicación sin competencia que deja más dudas que certezas

La reciente adjudicación de la gestión de la Plaza de Toros de Albacete nace, cuanto menos, con una sensación difícil de ignorar: la de una oportunidad perdida. No tanto por quién gestionará el coso, sino por cómo se ha llegado hasta aquí.

Que solo haya concurrido una única empresa al concurso debería invitar, como mínimo, a la reflexión. En un sector donde existen operadores con experiencia y capacidad, resulta llamativo que nadie más haya considerado atractivo presentarse. Cuando un proceso público no despierta interés, el problema rara vez está fuera: suele estar en las condiciones o en los tiempos.

Y ahí aparece uno de los puntos clave. El pliego de condiciones llegó tarde. Más tarde que en otras plazas que también salían a licitación. Esa falta de previsión reduce márgenes, limita la planificación y, en la práctica, deja fuera a posibles aspirantes que necesitan tiempo para estudiar y estructurar una propuesta sólida. No es solo una cuestión de fechas, es una cuestión de voluntad real de abrir el proceso.

A esto se suma un cambio relevante en el modelo: de un contrato de arrendamiento a uno de prestación de servicios. No es un matiz menor. El primero implica ceder el uso del espacio y asumir riesgos; el segundo, contratar una actividad concreta bajo unas condiciones más dirigidas. Ese giro cambia las reglas del juego y, visto el resultado, no parece haber ampliado precisamente el abanico de interesados.

Con todo esto sobre la mesa, cuesta no pensar que el pliego difícilmente podía atraer a nuevos actores. Y cuando solo hay un candidato, la competencia desaparece, y con ella la posibilidad de comparar, mejorar o exigir más.

Albacete merece una plaza viva, abierta y con ambición. Pero para eso, el primer paso es construir procesos que realmente inviten a participar, no que los limiten desde el inicio.

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