Foto Mariano Giménez

San Isidro, 20 años después

La Feria de San Isidro ha cambiado. Y mucho. Basta con echar la vista atrás dos décadas para comprobar cómo Madrid ha pasado de ser una feria marcada por la épica, la incertidumbre y las gestas casi imposibles a convertirse en un serial mucho más regular, más medido y, para algunos aficionados, también menos emocionante.

No significa que hoy no existan grandes tardes. Las sigue habiendo. Madrid continúa siendo la plaza más importante del mundo y San Isidro mantiene intacta su capacidad para consagrar toreros o hundir temporadas. Pero el ambiente, el desarrollo de las ferias e incluso la forma de entender el toreo parecen muy distintos a los de comienzos de los años 2000.

Las corridas llegaban a Madrid con otro punto de imprevisibilidad. Había tardes durísimas, ganaderías temidas y toreros obligados a jugarse muchísimo más en cada comparecencia. El concepto de figura parecía más expuesto. Había menos protección y más sensación de batalla diaria.

Las ferias de hace veinte años estaban llenas de rivalidades fuertes, apuestas ganaderas muy marcadas y tardes donde el fracaso o el triunfo parecían tener consecuencias inmediatas. Había una sensación permanente de riesgo real, tanto para toreros como para empresarios.

Más áspero quizá. Más frío en ocasiones. Pero tremendamente pendiente del toro y de la autenticidad de lo que ocurría en el ruedo. Las Ventas vivía muchas tardes desde una tensión casi eléctrica. No era raro ver broncas monumentales, divisiones extremas o silencios durísimos..

Hoy, en cambio, la feria parece haber encontrado un tono más uniforme. Más estable. Más organizada. Incluso más previsible en ciertos aspectos. Las figuras administran mucho más sus temporadas, las ganaderías llegan más seleccionadas y el propio sistema taurino transmite una sensación mayor de control.

Las corridas suelen mantener una presentación más homogénea, los carteles están más equilibrados y resulta menos habitual encontrar aquellos contrastes brutales entre tardes históricas y auténticos desastres ganaderos. La feria funciona ahora como una maquinaria muy profesionalizada.

Pero algunos aficionados echan de menos precisamente aquello que no podía controlarse.

Ese punto de desorden, de emoción cruda y de incertidumbre que convertía ciertas tardes en acontecimientos imprevisibles. Porque Madrid siempre vivió mucho de la sensación de peligro. Del “aquí puede pasar cualquier cosa”.

La búsqueda de duración, movilidad y opciones para el lucimiento ha ido desplazando, en parte, aquel toro más áspero, más incómodo y muchas veces más imprevisible que dominaba ciertas etapas de la feria. Hay excepciones, naturalmente, pero el conjunto general responde hoy a un modelo más uniforme.

Las obras actuales suelen estar más estructuradas, más ligadas y técnicamente más depuradas. El toreo moderno ha ganado continuidad y limpieza. Sin embargo, algunos aficionados consideran que ha perdido parte de aquella sensación de conquista que tenían muchas faenas antiguas en Madrid.

Quizá porque todo era más bronco. Más incómodo. Más imperfecto. Pero precisamente por eso, cuando un torero lograba imponerse, el impacto era enorme.

Otra diferencia evidente está en el contexto mediático. Hace veinte años la feria se consumía principalmente a través de la plaza, la radio y las crónicas del día siguiente. Hoy todo sucede de manera inmediata. La televisión, las redes sociales y los análisis constantes han cambiado también la forma de vivir San Isidro.

Las grandes tardes duran menos en la conversación pública. Todo avanza más rápido. Y quizá por eso también cuesta más que ciertas faenas adquieran aquella dimensión legendaria que alcanzaban algunas obras antiguas con el paso de los años.

Aun así, Madrid sigue conservando algo esencial: su capacidad para separar la verdad del artificio.

Porque por mucho que haya evolucionado la feria, Las Ventas continúa detectando cuándo un torero se juega de verdad la vida, cuándo un toro emociona y cuándo una faena tiene fondo auténtico. Eso apenas ha cambiado.

San Isidro ya no es exactamente aquella feria áspera y heroica de hace veinte años. Hoy es un serial más largo, más mediático y seguramente más regular. Pero Madrid sigue teniendo algo único: la capacidad de convertir una tarde cualquiera en un momento que termine formando parte de la historia del toreo.

 

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