Hay tardes en Madrid donde el triunfo se mide en orejas. Y hay otras en las que basta con aguantar allí dentro sin volver la cara. La undécima de San Isidro 2026 perteneció claramente al segundo grupo. Una de esas funciones ásperas, largas y secas donde el lucimiento apenas existe y donde los toreros tienen que cambiar el compás artístico por el mono de trabajo. Toros de Saltillo y un quinto de Couto de Fornilhos para una terna acostumbrada a vivir en la cara más dura del toreo: José Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla.
Porque esto también conviene decirlo. Mientras otros sueñan con tardes de seda, embestidas templadas y faenas de portada, hay toreros condenados casi siempre a remar en el barro. Son los que matan las llamadas “corridas duras”, los que aparecen cuando nadie quiere aparecer, los que se juegan la temporada con hierros que rara vez permiten ponerse bonito. Aquí no hay lugar para la estética fácil ni para el toreo de cartel. Aquí se viene a sobrevivir, a demostrar valor y a arrancar, si se puede, dos muletazos con verdad entre una montaña de dificultades.
Saltillo presentó un encierro serio, ofensivo y exigente. Toros con el sello de la casa, incómodos, mirando, sin regalar absolutamente nada. Y el quinto de Couto de Fornilhos tampoco alivió precisamente la papeleta. Una tarde de las que desgastan más por dentro de lo que aparentan desde fuera.
Dentro de ese contexto, José Carlos Venegas dejó lo más importante del festejo. Su primero fue el único animal que permitió atisbar cierta emoción y algo parecido a una embestida aprovechable. Humilló más que sus hermanos y tuvo transmisión, algo que el jienense entendió rápido. No se trató de una faena brillante, porque con este tipo de toros el brillo casi nunca existe, pero sí de una labor de enorme mérito, asentada en la firmeza y en la capacidad de estar siempre colocado donde había que estar.
Especialmente al natural logró Venegas pasajes de mucha verdad, tragando mucho y sin perder nunca la compostura. Madrid entendió perfectamente lo que estaba ocurriendo y reconoció el esfuerzo con una ovación de peso tras la estocada. El cuarto ya fue otra historia. Uno de esos saltillos imposibles de descifrar, reservón y desagradable, que convirtió cada muletazo en un ejercicio de supervivencia.
Juan de Castilla volvió a dejar claro algo que ya se sabe: actitud jamás le falta. El colombiano se entregó con sinceridad en ambos turnos, buscando siempre la pelea pese a que sus toros jamás terminaron de romper hacia adelante. Especialmente el tercero tuvo un punto de interés que no acabó de explotar, mientras que el sexto terminó consumiéndose entre la falta de opciones y el desgaste de la tarde.
Más imposible todavía resultó el lote de Juan Leal. El francés se encontró con dos animales mansos, deslucidos y sin entrega alguna. Lo intentó por ambos pitones, buscando provocar una reacción que nunca llegó. Tarde ingrata para un torero acostumbrado precisamente a jugarse la vida cuando menos margen existe.
Y quizás ahí estuvo el verdadero fondo de la corrida. En recordar que existe otro toreo muy distinto al de las ferias cómodas y las embestidas perfectas. El de los hombres que viven instalados en el riesgo constante, en las sustituciones, en las corridas incómodas y en los carteles donde casi nunca hay red.
Porque mientras algunos torean para expresarse, otros torean simplemente para seguir existiendo. Y eso, aunque no siempre termine en Puerta Grande, también tiene mucho mérito en Madrid.
Ficha del Festejo
Plaza de toros de Las Ventas. Undécima de la Feria de San Isidro 2026. Corrida de toros.
Toros de Saltillo y uno de Couto de Fornilhos (5º).
José Carlos Venegas, blanco y oro: ovación y silencio.
Juan Leal, purísima y oro: silencio y silencio tras aviso.
Juan de Castilla, nazareno y oro: silencio tras aviso y silencio tras aviso.
[📹 𝗥𝗘𝗦𝗨𝗠𝗘𝗡] En vídeo, el resumen de la undécima de San Isidro en #LasVentas.
— Plaza de Las Ventas (@LasVentas) May 20, 2026
Saludos para Venegas en el primero de Saltillo. pic.twitter.com/bSOgtv4mHN





















