Hubo un tiempo en que abrir la Puerta Grande de Las Ventas era un acontecimiento casi sagrado. Un instante reservado a muy pocos. Una imagen que quedaba grabada para siempre en la memoria del aficionado. El torero cruzaba el umbral entre una nube de emoción, hombros sinceros y ovaciones auténticas. Madrid reconocía así una tarde histórica. Sin excesos. Sin invasiones. Sin convertir el ruedo en un espectáculo paralelo.
Pero algo está cambiando en los últimos años. Y no precisamente para bien.
Cada vez que un torero sale a hombros en Madrid, especialmente en tardes de máxima expectación, el ruedo se llena de decenas de personas que saltan desde los tendidos como si aquello fuera una celebración futbolística o un concierto multitudinario. Lo que antes era excepcional empieza a convertirse en costumbre. Y esa costumbre está deteriorando uno de los momentos más grandes y simbólicos de la tauromaquia.
No se trata de discutir la alegría. Ni la emoción. Ni siquiera el entusiasmo de los aficionados jóvenes. El problema es otro: la pérdida absoluta de medida, de educación taurina y de respeto hacia el propio torero y hacia la plaza.
Porque ya no se entra al ruedo para acompañar y vitorear al triunfador. En demasiadas ocasiones se entra para invadir, empujar, grabarse vídeos, tocar al torero o arrancarle cualquier cosa del traje de luces como si fuese un trofeo de guerra. Y ahí es donde la situación empieza a resultar preocupante.
Hemos llegado a ver imágenes impropias de una plaza como Madrid. Gente tirando del vestido, arrancando corbatines, destrozando medias o incluso llevándose partes del traje. Hace apenas unos días se vio cómo terminaban prácticamente desarmando una hombrera de un terno. Algo que no tiene ninguna justificación posible. No es pasión. No es admiración. Eso es vandalismo.
Un traje de luces no es un disfraz de feria es algo sagrado, es una prenda cargada de simbolismo, esfuerzo y respeto,detrás de cada vestido hay horas de preparación, dinero, historia y, sobre todo, dignidad profesional. Que una multitud termine despedazándolo entre empujones debería hacernos reflexionar seriamente sobre hacia dónde va cierta parte del público.
Y hay otro aspecto igualmente triste: el propio torero ya no puede disfrutar plenamente de ese instante soñado. La Puerta Grande de Madrid representa años de sacrificio, miedo, cornadas y silencios. Muchos toreros se pasan la vida persiguiendo esa fotografía. Sin embargo, hoy cruzan la calle de Alcalá rodeados de una masa descontrolada que apenas les deja respirar, «caminar» o sentir lo que acaban de lograr.
También pierde el aficionado que permanece en su localidad. Porque contemplar una Puerta Grande en Las Ventas debería seguir siendo un momento solemne, emocionante y hasta bello visualmente. El público quiere ver al torero, sentir el reconocimiento de Madrid. No asistir a una estampida donde apenas se distingue nada entre móviles, carreras y tumultos.
Y quizá haya otra reflexión incómoda de fondo. La Puerta Grande de Madrid sigue teniendo un valor inmenso, por supuesto, pero la frecuencia con la que se producen ciertas salidas en los últimos tiempos también ha contribuido a rebajar parte de aquella sensación de excepcionalidad que tenía antaño. Antes abrir la Puerta Grande significaba entrar directamente en la historia. Ahora, aunque siga siendo dificilísimo, la acumulación de triunfos recientes hace que algunos momentos pierdan parte de aquella dimensión casi legendaria.
Madrid no debería parecer cualquier plaza. Y una Puerta Grande tampoco.
La emoción popular forma parte de la Fiesta y debe seguir existiendo. Pero emoción no puede convertirse en falta de respeto. La admiración jamás debe confundirse con la invasión. Y la pasión taurina no puede terminar normalizando escenas impropias de la primera plaza del mundo.
Porque si Madrid pierde también su liturgia, entonces sí estaremos perdiendo algo mucho más importante que una simple salida a hombros.
