La Semana Santa vuelve a demostrar, un año más, que en Albacete las tradiciones no caminan solas, sino entrelazadas en una misma identidad cultural. Fe y tauromaquia se dan la mano en una estampa tan singular como emotiva: la del Cristo de la Agonía siendo portado por profesionales del mundo del toro.
Durante la procesión del Miércoles Santo, las calles albaceteñas se llenaron de recogimiento y solemnidad, pero también de ese poso profundo que deja la tauromaquia en la ciudad. Bajo el paso del Cristo de la Agonía, varios toreros, banderilleros y hombres de plata se enfundaron el costal para llevar sobre sus hombros no solo una imagen, sino un sentimiento compartido.
Al frente de la cuadrilla, marcando el compás y guiando cada levantá, se encontraba Agustín Moreno, picador de toros y capataz de los costaleros. Su voz, curtida en plazas y tentaderos, se transformaba en mando firme y sereno, dirigiendo una labor donde la técnica se mezcla con la emoción y el respeto.
No es casualidad esta conexión. El mundo del toro y la Semana Santa comparten códigos, silencios y liturgias. Ambos entienden de entrega, de sacrificio y de verdad. Y en Albacete, esa unión se materializa de forma única en este paso, donde el detalle cobra un simbolismo especial: el llamador del trono no es otro que un estoque de torear, convertido en símbolo y puente entre dos tradiciones que laten al mismo compás.
Las imágenes que acompañan este artículo reflejan mucho más que una procesión. Son el testimonio de una ciudad donde la fe y la tauromaquia no se entienden por separado, sino como parte de un mismo legado cultural que se transmite generación tras generación.
Una vez más, Albacete demuestra que sus raíces no solo se celebran, sino que se sienten. Y en noches como la del Miércoles Santo, se llevan —nunca mejor dicho— a hombros.














