La Feria de la Virgen de los Llanos dejó faenas importantes, toros para el recuerdo y nombres propios como Morante, Roca Rey, Talavante, David de Miranda o un arrollador Diego Ventura. Pero también evidenció una preocupante falta de uniformidad en la presentación del ganado. Victoriano del Río y la Corrida Concurso enseñaron el camino; Domingo Hernández y Jandilla representaron justamente lo contrario.
Terminó la Feria Taurina de Albacete 2026 y, con la distancia que permiten unos días, queda una sensación difícil de resumir únicamente a través de trofeos, puertas grandes o estadísticas. Hubo momentos extraordinarios, toros importantes, faenas de enorme interés y jóvenes que aprovecharon una oportunidad que puede marcar sus carreras. Pero también hubo tardes que obligan a preguntarse hacia dónde quiere caminar una plaza con la historia y categoría de Albacete.
Y casi todas las preguntas terminan conduciendo al mismo lugar: el toro.
Porque por encima del nombre que encabece un cartel, de los intereses empresariales y de que una tarde resulte más o menos comercial, está la materia prima de este espectáculo. El toro determina la categoría de una plaza y también el valor posterior de aquello que realiza el torero. Por eso resulta difícil comprender las enormes diferencias de presentación observadas durante una misma feria.
La corrida de Domingo Hernández del día 12 representa el ejemplo más evidente, ninguno de aquellos animales debió pisar el ruedo de la calle de la Feria. No se trata de reclamar toros desproporcionados, gigantes ni pasados de kilos. El trapío es otra cosa: seriedad, cuajo, remate, expresión y unas hechuras acordes a la categoría de la plaza.
Y en esto debería existir una regla innegociable. Si algún torero anunciado no acepta el toro que corresponde a Albacete, será el torero quien tenga que decidir si permanece o no en el cartel. Lo que nunca debería modificarse para mantener un nombre es el toro. Porque antes que satisfacer a quien viene a torear está respetar a quien pasa por taquilla.
Algo muy parecido volvió a ocurrir el día 16 con Jandilla y Vegahermosa. Otro encierro cuya presentación difícilmente puede entenderse en una plaza como Albacete y que, visto lo sucedido apenas veinticuatro horas antes, produjo todavía mayor contraste. Aquella corrida no debió superar el fielato de las doce de la mañana. Si se pretende recuperar el crédito y la exigencia que históricamente tuvo esta plaza, determinadas presentaciones no pueden aceptarse dependiendo de quién esté anunciado esa tarde.
Entre ambas quedó La Quinta, que sin alcanzar aquellos extremos también vino más justa de presencia de lo que acostumbramos a contemplar de los Conradi en Albacete. Y eso que, en comportamiento, hubo bastante más de lo que finalmente reflejó el resultado. Cuatro o cinco toros ofrecieron posibilidades y quedó la sensación de que la terna no terminó de tener la ambición necesaria para convertirlas en triunfo.
Precisamente por todo ello tuvo tanto significado lo ocurrido el día 15.
La corrida de Victoriano del Río recordó cuál ha sido históricamente el toro de Albacete. Especialmente primero y sexto tuvieron seriedad, cuajo y expresión. Quienes llevamos años viendo toros en esta plaza reconocimos una estampa que durante demasiado tiempo se ha ido perdiendo y que muchos aficionados jóvenes ni siquiera han tenido oportunidad de conocer con continuidad.
Ese es el toro de Albacete, No porque ahora alguien quiera inventar una nueva exigencia, sino precisamente porque durante muchos años ese fue el toro que salió por los chiqueros de esta plaza, además, la corrida tuvo contenido, de haber funcionado mejor las espadas, el balance podría haber sido muy diferente y dos integrantes de la terna podrían haber terminado a hombros.
David de Miranda protagonizó una de las actuaciones que más poso dejaron durante la feria, su faena de aquella tarde estuvo entre lo más importante de todo el ciclo por lo que hizo, pero también —y esto resulta fundamental— por el toro que tuvo delante. Cuando existe exigencia, cuando hay toro y cuando el torero tiene que resolver problemas de verdad, el triunfo adquiere otra dimensión.
Víctor Hernández firmó igualmente una tarde de notable nivel, aunque quizá sin alcanzar la rotundidad que había mostrado anteriormente en Linares. Hubo naturales de categoría y una actuación que perfectamente pudo traducirse en un resultado numérico superior.
Y si Victoriano del Río recordó cuál debe ser la presentación de una corrida en Albacete, la Corrida Concurso del día 17 terminó de confirmar que el toro serio no está reñido con el espectáculo. Al contrario.
Fue un festejo de prácticamente tres horas que no resultó pesado porque ocurrieron cosas. Hubo variedad de encastes, emoción en varas, toros exigentes, otros con clase y una presentación general de notable categoría, con la salvedad del ejemplar de Samuel Flores.
«Sartenero», de Baltasar Ibán, fue el toro de la Feria y un toro de muchas ferias. Tuvo clase, transmisión, humillación, profundidad y duración. Se podrá argumentar que únicamente acudió dos veces al caballo frente a las tres entradas del Fuente Ymbro. Es cierto. Pero la bravura no debería reducirse a una operación matemática. Hay que analizar cómo fue al caballo y qué hizo debajo del peto. Y ahí están las imágenes de Sartenero, empujando hasta levantar al caballo de manos.
Después tuvo una embestida extraordinaria en la muleta de Rubén Pinar, que dejó momentos de calidad antes de que la espada eliminara cualquier posibilidad de premio.
También «Organillero», de Fuente Ymbro, protagonizó uno de los grandes acontecimientos de la Feria. Sus tres encuentros con el caballo fueron extraordinarios y Cristian «Richi» Romero administró perfectamente el castigo. La tercera arrancada, desde más allá del centro del ruedo, levantó literalmente los tendidos y recordó lo que puede significar un tercio de varas cuando se ejecuta con sentido.
La desgracia fue que apenas pudimos conocer completamente al toro en la muleta. En la segunda tanda prendió violentamente a Damián Castaño y posteriormente no se permitió a Rubén Pinar ponerse delante. Una decisión difícil de comprender. Pinar es, por encima de preferencias personales, uno de los matadores albaceteños en activo con mejor currículo y experiencia suficiente para afrontar aquella situación. Nunca sabremos qué habría ocurrido. Precisamente por eso, valorando la espectacularidad del Fuente Ymbro, mi elección entre ambos se inclina hacia el extraordinario toro de Baltasar Ibán.
El apartado ganadero tuvo más matices. Conde de Mayalde presentó una buena corrida. Entre las novilladas, Montealto fue la mejor presentada, mientras que Murteira Grave bajó el nivel en ese aspecto, aunque su buen juego terminó propiciando una de las tardes de mayor contenido para los jóvenes. Daniel Ruiz, por su parte, lidió cuatro toros titulares correctamente presentados y de importante juego. De no haber aparecido los ejemplares de la Corrida Concurso, posiblemente estaríamos hablando de alguno de ellos como candidato serio a los premios ganaderos.
Pero una feria también queda en la memoria por sus toreros.
Morante de la Puebla firmó una faena magnífica. Hubo conocimiento, inspiración, naturalidad y esa capacidad tan suya para transformar una embestida a medida que avanza el trasteo. Fue una obra importante. Pero tampoco debería separarse la faena del toro sobre el que se construye y de su presentación. La grandeza de una obra también se mide por la dimensión de aquello que hay enfrente.
Roca Rey volvió a dejar la impronta de máxima figura. Pasó por Albacete como viene pasando por tantas plazas: mandando, resolviendo y conectando de una manera extraordinaria con el público. Su actuación confirmó nuevamente el peso que tiene actualmente cada vez que se anuncia.
Sin embargo, aquella tarde dejó también una faena que merece permanecer en la memoria: la de Alejandro Talavante. El extremeño encontró inspiración, despaciosidad y naturalidad ante el cuarto, en una de las versiones más puras que le hemos contemplado en Albacete durante los últimos años. El fallo con la espada impidió que el resultado reflejara lo que realmente sucedió.
En la corrida de Morante también vimos a un Paco Ureña importante. El murciano hizo méritos para un balance mayor y volvió a aparecer la eterna discusión sobre el criterio presidencial. Si se analiza el rasero utilizado aquella misma tarde, resulta difícil entender por qué aquello que para uno valió dos orejas no tuvo una consideración similar en otra actuación que también fue fuertemente respaldada desde el tendido.
Hubo igualmente naturales de enorme categoría de Tomás Rufo frente a La Quinta y una actuación importante de Daniel Luque ante el quinto del día 16. Luque mostró capacidad, oficio y mando, Manuel Caballero también dejó razones para seguir esperando. Con muy poco bagaje todavía como matador de toros, dio la cara en su feria y mostró detalles que invitan a pensar que, si dispone de corridas y continuidad, Albacete puede tener un torero importante. Además, volvió a ejecutar una extraordinaria suerte suprema y firmó la mejor estocada por segundo año consecutivo.
Entre los novilleros aparecieron igualmente nombres que merecen seguimiento. Nacho Torrejón causó una gran impresión y Álvaro Castillo, en una fecha tan comprometida como su debut con picadores, salió a hombros junto a Alejandro González en una tarde en la que Murteira Grave ofreció muchas posibilidades.
La corrida de rejones del día 13 sirvió para volver a comprobar la enorme distancia que actualmente separa al rejoneador de La Puebla del Río de buena parte de su escalafón. Cuatro orejas, dos de cada toro, y una actuación de absoluto dominio. Ventura manejó tiempos, terrenos, caballos y público con una superioridad incontestable, llevando la tarde hacia donde quiso y provocando incluso una fuerte petición de rabo en el quinto.
Más allá de los trofeos, quedó una sensación todavía más contundente: hoy resulta difícil encontrarle un rival en su especialidad capaz de discutirle esa posición de dominio. La comparación con Rui Fernandes y Leonardo Hernández aquella tarde fue especialmente significativa. Mientras Ventura convirtió sus dos actuaciones en acontecimientos y tuvo permanentemente conectada a la plaza, sus compañeros de cartel quedaron muy lejos de aquella dimensión. Podrá gustar más o menos su concepto, pero su capacidad para someter la situación, crear espectáculo y hacer que todo gire alrededor de su actuación está varios escalones por encima de lo que ofrece actualmente buena parte del rejoneo.
La respuesta del público también admite una lectura menos triunfalista que la que probablemente se quiera trasladar. Los días 11 y 12 se colgó el «No hay billetes», dos llenos indiscutibles. Después, la corrida de rejones presentó una de las mejores entradas del ciclo, alrededor de tres cuartos, con una apariencia visual incluso superior.
En otras tardes volvió a producirse un fenómeno habitual en Albacete: media plaza puede ofrecer visualmente una sensación cercana a tres cuartos. El público se distribuye con amplitud y el tendido parece más ocupado de lo que realmente está. Se podrá vender la Feria como un éxito de asistencia, pero la realidad fue bastante más matizada: dos llenos, algunas buenas entradas y muchas localidades vacías durante otras tardes.
Y después están los detalles. Esos que para algunos serán insignificantes, pero que terminan hablando del cuidado con el que se organiza una feria.
Antes del paseíllo del día 12, la empresa entregó en el patio de cuadrillas un obsequio exclusivamente a Morante de la Puebla. Nada hay que objetar a reconocer al sevillano, pero sí a hacerlo en aquel momento y únicamente con uno de los tres componentes del cartel. Paco Ureña y Borja Jiménez estaban igualmente anunciados y aquel gesto generó un agravio comparativo perfectamente evitable.
También hubo detalles difícilmente explicables con las divisas. El día de Victoriano del Río, según la información que nos trasladan, toda la corrida estaba herrada con aquel hierro, pero tres animales lucieron la divisa de Toros de Cortés. La explicación ofrecida fue que, al estar anunciadas ambas ganaderías, se prepararon tres divisas de cada una sin atender posteriormente al hierro concreto de cada toro.
Y el último día ocurrió algo similar. El segundo toro figuraba en el orden de lidia como perteneciente a Samuel Flores, aunque estaba herrado con la F de Isabel Flores, y pese a ello salió luciendo la divisa de Samuel Flores.
Puede parecer una tontería. No lo es.
Son cosas en las que probablemente se fije poca gente y que muchas veces pasan desapercibidas, pero precisamente ahí está la diferencia entre simplemente organizar una feria y cuidarla. Saber qué toro sale, comprobar su hierro, colocarle la divisa que realmente corresponde y respetar exactamente aquello que se anuncia al espectador debería formar parte de la normalidad.
Albacete 2026 deja, por tanto, una feria de fuertes contrastes. Hubo grandes faenas, toros extraordinarios, una actuación arrolladora de Diego Ventura, jóvenes que pidieron paso y tardes en las que la plaza recuperó sensaciones que parecían olvidadas. Pero también hubo demasiadas concesiones en aquello que nunca debería admitirlas.
Porque el principal problema no es que un año salga una corrida más terciada que otra. El problema aparece cuando el nivel de exigencia parece modificarse dependiendo de quién figura en el cartel.
No puede existir un toro para las figuras y otro para los demás. No puede aceptarse el día 12 o el día 16 una presentación que veinticuatro o cuarenta y ocho horas después queda en evidencia ante Victoriano del Río o los toros de la Corrida Concurso.
Albacete necesita establecer nuevamente su toro y mantenerlo durante toda la Feria. Sin excepciones.
Y si alguien no quiere venir con ese toro, habrá otro dispuesto a hacerlo.
Las figuras pasan, los empresarios pasan, los equipos presidenciales cambian y las temporadas terminan. La plaza permanece.
Por eso, si algo debería dejar esta Feria como reflexión para 2027 es una idea muy sencilla: Albacete no necesita inventar cuál debe ser su toro. Ya lo sabe. Lo vimos durante décadas y volvimos a verlo este año, especialmente el día 15 y en buena parte de la Corrida Concurso.
Un toro serio, con cuajo, expresión y categoría. Un toro que exige al torero y prestigia su triunfo. Un toro que hace que una oreja tenga valor y que una gran faena sea verdaderamente grande.
Ese fue siempre el toro de Albacete. Y ese, esté quien esté anunciado, debería volver a serlo.










































