La Feria de San Isidro ya no solo se torea en el ruedo. También se torea ante millones de espectadores, en tiempo real, bajo el análisis constante de las retransmisiones televisivas, las redes sociales y el juicio inmediato de una afición que comenta cada muletazo desde cualquier punto del país. La televisión ha cambiado la manera de vivir Madrid. Y también, en parte, la manera de torear y de comportarse en los tendidos.
Las Ventas siempre fue una plaza distinta. Exigente, fría cuando tiene que serlo y tremendamente dura con el engaño. Pero la exposición televisiva ha multiplicado todavía más esa presión. Hoy una tarde en Madrid no queda reducida a lo que ocurre en la plaza. Cada gesto, cada decisión presidencial, cada puyazo o cada espada es revisada, repetida y debatida durante horas.
Influye en los toreros, que saben que una actuación importante puede cambiar una temporada en cuestión de minutos. Pero también que un fracaso, una mala tarde o incluso un gesto desafortunado puede perseguirles durante semanas. La televisión ha amplificado la dimensión de San Isidro hasta convertir cada comparecencia en una especie de examen público permanente.
Se nota especialmente en algunos planteamientos. Hay toreros que aceleran faenas buscando el impacto inmediato. Otros parecen más pendientes de la estética televisiva que del fondo real de la lidia. También se percibe en la búsqueda constante del “momento viral”: cambiados de rodillas, arranques explosivos o circulares ajustados que funcionan muy bien en pantalla y en redes sociales.
No significa que el toreo haya perdido autenticidad, pero sí que la televisión ha modificado ciertos comportamientos. El espectáculo ya no se consume únicamente desde el tendido. Ahora existe una segunda plaza: la pantalla.
Las Ventas sigue manteniendo un núcleo de aficionados muy definido, pero la televisión ha generado una nueva forma de asistir a la plaza. El espectador es hoy mucho más consciente de las cámaras, de la repercusión y hasta del protagonismo del tendido. Las protestas se contagian más rápido, los silencios pesan más y determinadas reacciones parecen buscar también eco fuera de la plaza.
Incluso la percepción de las faenas cambia. Hay obras que televisivamente parecen mayores de lo que realmente resultan en directo, mientras otras pierden intensidad en pantalla. El temple, la colocación o la profundidad no siempre los recoge igual una cámara que el ojo del aficionado sentado en el tendido.
Otro aspecto evidente es la presión añadida sobre presidentes y autoridades. Cada pañuelo, cada aviso o cada petición queda inmediatamente sometida al debate público. La televisión elimina cualquier margen de discreción. Todo se analiza al instante.
Pero al mismo tiempo, sería injusto negar el enorme valor que tienen las retransmisiones para la tauromaquia. San Isidro llega hoy a muchísima más gente gracias a la televisión. Aficionados de toda España y de numerosos países pueden seguir la feria diariamente, descubrir nuevos toreros y mantener el contacto con la temporada. En muchos casos, es precisamente la televisión la que sirve de puerta de entrada a nuevos públicos.
Además, ha permitido recuperar el interés por tardes que antes quedaban reducidas únicamente al eco de las crónicas del día siguiente. Hoy cualquier aficionado puede ver completa una gran faena, revisar una corrida o analizar una actuación con detalle.
La cuestión quizá no sea la televisión en sí, sino el riesgo de que el toreo termine condicionado en exceso por ella. Porque el gran peligro aparece cuando se torea pensando más en el plano corto que en la verdad del ruedo.
Las Ventas continúa diferenciando perfectamente entre el impacto superficial y el toreo verdadero. Puede haber ruido, cámaras y redes sociales, pero cuando un torero se coloca de verdad, manda sobre un toro y emociona desde la pureza, la plaza responde igual que hace cincuenta años.
Por eso San Isidro mantiene todavía algo único: por mucha televisión que exista, el juicio definitivo sigue estando en el tendido.
