Foto Mariano Giménez

El último paseíllo de Munera, una vida entregada a la Plaza de Toros de Albacete

Cuando termina una tarde de toros, las crónicas hablan de los triunfadores, de las faenas, de los toros y de los momentos que han emocionado al público. Pero pocas veces se recuerda a quienes, lejos de los focos y del reconocimiento, hacen posible que todo funcione.

Son los empleados de la plaza. Esos hombres que conocen cada rincón del edificio, que llegan mucho antes de que se abran las puertas y que, cuando los tendidos se vacían, todavía tienen trabajo por delante. Personas cuya labor resulta fundamental y, en determinados puestos, prácticamente imprescindible para el desarrollo de un festejo.

Este año, algunos de esos trabajadores han llegado al final de su trayectoria profesional en la Plaza de Toros de Albacete. Entre ellos se encuentra Juan Francisco de Lamo, conocido por todos como «Munera», apodo que le acompaña desde siempre por ser natural de esta localidad albaceteña.

El pasado domingo, durante el Festival del Cotolengo, Juanfran realizó su último servicio después de casi treinta años vinculado laboralmente a la plaza, fue su particular despedida, sin discursos ni grandes ceremonias, como corresponde a quienes han pasado toda una vida trabajando discretamente para que otros puedan disfrutar del espectáculo.

La relación de Munera con la Plaza de Toros de Albacete comenzó hace cerca de tres décadas. Sus primeros años estuvieron dedicados a distintas labores dentro del recinto, hasta que pasó a desempeñar las funciones de corralero y torilero.

Dos cometidos que exigen responsabilidad, conocimiento del ganado y una atención constante. Porque detrás de cada puerta de toriles hay un trabajo que el público apenas percibe, pero del que depende una parte esencial del festejo.

Durante todos estos años, Juanfran ha sido una presencia habitual en el coso albaceteño. Y no solamente durante la Feria de septiembre.

Munera ha estado siempre en las clases prácticas de la Escuela Taurina, en los festivales, en las corridas de Asprona, en el Cotolengo y, por supuesto, en cada una de las tardes de feria.

También en numerosos acontecimientos ajenos al mundo taurino, porque su vinculación con el edificio nunca se ha limitado a los días en los que había toros.

Es muy posible que, a lo largo de todos estos años, haya pasado más horas entre los muros de la plaza que en su propia casa y quizá esa sea la mejor manera de explicar lo que este lugar ha significado para él.

Cuando trabajar en la plaza era sentirse en familia

Quienes hemos compartido tantos años con Juanfran sabemos que hablar de su jubilación es también recordar una forma de vivir el trabajo que, desgraciadamente, parece haberse ido perdiendo.

Hubo un tiempo en el que los empleados de la Plaza de Toros de Albacete éramos mucho más que compañeros, éramos como una familia, Se compartían jornadas interminables, esfuerzos, preocupaciones, anécdotas y momentos que terminaban creando vínculos difíciles de explicar a quien nunca ha vivido ese ambiente desde dentro.

Ir a trabajar a la plaza era, muchas veces, como estar en casa, porque existía un compañerismo que hacía más llevaderas las dificultades y que convertía cada feria en un reencuentro esperado durante todo el año.

Hoy las cosas han cambiado. Las relaciones entre los trabajadores ya no siempre conservan aquella cercanía y ese espíritu de equipo que tanto significaron para quienes tuvimos la suerte de vivirlos.

Por eso, la despedida de Munera tiene también algo de nostalgia, con él se marcha uno de los representantes de aquella manera de entender el trabajo, basada en la confianza, el respeto y la ayuda entre compañeros, Juanfran ha sido, por encima de todo, un gran compañero y quienes hemos compartido tantas tardes con él sabemos que eso vale mucho más que cualquier reconocimiento.

Una afición que siempre estuvo por encima de las obligaciones

Hay un detalle que define especialmente bien la relación de Munera con la plaza, durante muchos años, cuando llegaba la Feria de Albacete, pedía vacaciones en su trabajo principal para poder cumplir con sus funciones en el coso taurino, mientras otros aprovechaban esos días para descansar o viajar, Juanfran elegía volver a los corrales, a los toriles y a las largas jornadas de septiembre, porque para él aquello nunca fue simplemente un segundo trabajo, era su afición, su pasión, su manera de seguir formando parte de un mundo al que ha dedicado buena parte de su vida.

Cuántas tardes habrá vivido desde ese lugar privilegiado que tienen quienes conocen una plaza por dentro. Cuántos toros habrá visto pasar por los corrales. Cuántas conversaciones, nervios, alegrías y momentos difíciles guardará en su memoria.

Seguro que conserva recuerdos inolvidables de grandes tardes de toros, pero también de esas pequeñas historias que nunca llegan a los periódicos y que forman parte de la verdadera vida de una plaza.

Porque la historia de un coso no la escriben únicamente los toreros que salen por su Puerta Grande. También la construyen quienes, año tras año, mantienen vivo su funcionamiento.

Yeray recoge el testigo de su padre

La jubilación de Juanfran deja paso a una continuidad especialmente emotiva.

Su hijo Yeray será quien ocupe su puesto, recogiendo el testigo de una tradición que durante muchos años fue habitual entre los empleados de las plazas de toros: el oficio que pasa de padres a hijos.

No es solamente un relevo laboral. Es la continuación de una historia familiar vinculada a la Plaza de Toros de Albacete.

Yeray tendrá ahora la responsabilidad de desempeñar las funciones que durante tantos años realizó su padre, con la oportunidad de construir su propio camino en un lugar que conoce bien por la estrecha relación de su familia con el recinto.

Y aunque Munera deje oficialmente su puesto, cuesta imaginar que desaparezca de la vida cotidiana de la plaza, seguramente ya no lo veremos en primera línea, pendiente de sus obligaciones en corrales y toriles. Pero es fácil pensar que seguirá apareciendo por allí, entre bambalinas, como tantas veces ha hecho, porque hay personas que se jubilan de un trabajo, pero nunca se jubilan de su afición.

Y Juanfran es de esos hombres para quienes la Plaza de Toros de Albacete siempre será su casa.

El Festival del Cotolengo del pasado domingo tuvo muchos protagonistas. Hubo toreros que regresaron después de años de ausencia, recuerdos que volvieron a cobrar vida y una causa solidaria que reunió una vez más a la afición albaceteña, pero, entre todas aquellas historias, hubo una despedida silenciosa que también merece ser contada, la de un empleado que cerró casi treinta años de servicio en la plaza que tanto quiere, quizá para muchos espectadores pasara inadvertida. Para quienes conocemos a Munera, sin embargo, fue el final de una etapa importante, ahora llega el momento de descansar, aunque quienes lo conocemos sabemos que probablemente no lo hará demasiado. Seguirá pendiente de los toros, de la plaza y de todo cuanto suceda entre sus muros.

Este pequeño homenaje quiere servir también para reconocer a todos esos empleados que, después de años de dedicación, se jubilan sin que apenas se hable de ellos, sin su trabajo, su compromiso y su experiencia, una tarde de toros no sería posible.

Y a ti, Juanfran, solo queda decirte algo muy sencillo, pero que nace de muchos años compartidos:

Gracias por tu compañerismo y por todas esas ferias que hemos vivido juntos. Gracias por formar parte de aquella familia que fuimos los empleados de la Plaza de Toros de Albacete, disfruta de esta nueva etapa, aunque sabemos que seguirás cerca de los toriles, de los corrales y de esa plaza que tanto quieres.

Después de casi treinta años como empleado del coso albaceteño, primero en diferentes cometidos y posteriormente como corralero y torilero, Juanfran se despide de sus funciones tras el Festival del Cotolengo. Su hijo Yerai toma el relevo de una historia marcada por la afición, el compañerismo y el amor a una plaza que siempre ha sentido como su casa

Como dicen los mexicanos, que te vaya bonito, Munera, te lo has ganado.

Deja una respuesta