Foto Mariano Giménez

Curro Vázquez, reconocido hoy con el Premio Nacional de Tauromaquia,presencia breve pero significativa en Albacete.

Hablar de la relación de Curro Vázquez con la plaza de toros de Albacete es hacerlo desde un lugar poco habitual. No hay largas estadísticas ni tardes encadenadas en ferias, sino una presencia medida, selectiva y ligada casi siempre a momentos especiales. Apenas cuatro paseíllos componen su paso por el coso manchego, pero cada uno de ellos dibuja una forma distinta de estar en el toreo.

Su primera aparición se remonta al 28 de marzo de 1971, en un festival benéfico a favor de ASPRONA. No era un cartel cualquiera: junto a él estaban figuras como Antonio Bienvenida o Curro Romero, en una tarde donde el toreo se ponía al servicio de una causa. Aquella cita ya marcaba una constante en su relación con Albacete: su presencia no sería la del torero de feria, sino la del torero que aparece en momentos concretos, con un sentido determinado.

Hubo que esperar catorce años para volver a verle anunciado. En 1985 regresó para hacer el paseíllo en una corrida de toros junto a Dámaso González y José Ortega Cano, con reses de Samuel Flores. Un cartel de peso, de los que definen una época. Apenas un año después, en 1986, repetiría en un cartel de corte similar, compartiendo nuevamente escena con figuras consolidadas. Dos tardes que supusieron su única presencia en corridas formales en la ciudad, siempre fuera del contexto de la Feria de septiembre, donde nunca llegó a actuar.

Su última comparecencia en Albacete tuvo lugar el 7 de octubre de 1995, en otro festival, esta vez a beneficio del Asilo de San Antón. El cartel volvía a tener un aire clásico, con nombres como Antoñete o Niño de la Capea, en una de esas tardes donde el tiempo parece detenerse y el toreo se vive desde otro lugar, más íntimo, más humano.

Ese es, en el fondo, el hilo que une sus cuatro paseíllos en Albacete: la excepcionalidad. No fue un torero de paso frecuente por esta plaza, pero sí un nombre presente en momentos con significado, en citas donde el toreo se mezclaba con lo social, con lo simbólico, con lo que va más allá del resultado inmediato.

Hoy, décadas después de su última actuación en el coso manchego, su figura vuelve a la actualidad tras recibir el Premio Nacional de Tauromaquia. Un reconocimiento que premia una trayectoria construida desde el conocimiento, la reflexión y una forma muy personal de entender el toreo. Pero que, además, adquiere una lectura que trasciende lo puramente taurino.

En el contexto actual, donde la tauromaquia no encuentra precisamente el respaldo de todas las instituciones y donde, en muchos casos, se percibe una actitud más cercana a la traba que al apoyo, la concesión de este premio supone algo más que un galardón individual. Es, en cierta manera, una reafirmación. Un gesto que reivindica el valor cultural, histórico y artístico de la tauromaquia frente a quienes cuestionan su lugar.

Por eso, recordar hoy la figura de Curro Vázquez es también mirar a ese otro toreo, el que no siempre se mide en números, el que deja huella desde la discreción, desde el conocimiento y desde una manera de estar que no necesita estridencias.

Y en ese recorrido, aunque breve, queda también escrita su página en Albacete. Cuatro paseíllos que no hicieron ruido en cantidad, pero que sí dejaron un poso distinto. Porque hay trayectorias que no necesitan repetirse muchas veces para ser recordadas. Y la suya, también aquí, es una de ellas.

Crónica de la última tarde que toreo Curro Vázquez en Albacete, 15 de octubre de 1995,en el semanario Crónica de Albacete , escrita por Carlos Gutierrez.

Carteles de las dos corridas de Asprona donde intervino el maestro de Linares, Curro Vázquez.

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