Hay prohibiciones que nacen del desconocimiento, otras del prejuicio y algunas, quizá las más peligrosas, del paternalismo mal entendido. La propuesta del Gobierno de impedir la asistencia de menores a las corridas de toros se inscribe claramente en esta última categoría: una medida que se presenta como protección, pero que en realidad recorta libertades, empobrece la cultura y desconecta a la tauromaquia de su futuro.
Bajo el paraguas de la ampliación de la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI), el Ministerio de Juventud e Infancia plantea vetar la participación y presencia de menores en espectáculos donde, según su criterio, exista violencia contra los animales. Una iniciativa que, más allá de su envoltorio legal, apunta directamente a la tauromaquia, una manifestación cultural reconocida, regulada y profundamente arraigada en la historia y en la identidad de nuestro país.
El argumento no es nuevo. Se apoya en una recomendación del Comité de los Derechos del Niño de la ONU formulada en 2018, que instaba a España a prohibir la asistencia de menores de 18 años a los toros para evitar supuestos “efectos nocivos”. Pero conviene recordar algo esencial: una recomendación no es una obligación, y menos aún cuando entra en conflicto con derechos fundamentales como la libertad cultural, educativa y familiar.
Porque aquí hay una cuestión clave que parece olvidarse deliberadamente: los niños son el futuro de la tauromaquia. Son los aficionados del mañana, los que llenarán las plazas, los que mantendrán viva una tradición que se transmite, como tantas otras, de padres a hijos, desde el respeto, la explicación y el conocimiento. Prohibir su entrada no es protegerles, es expulsarles.
¿Desde cuándo el Estado decide por encima de las familias qué cultura pueden o no pueden vivir sus hijos? ¿Por qué se niega a los padres la libertad de elegir si llevar o no a un menor a una plaza de toros? Y más aún: ¿por qué se ignora la voz de tantos niños y jóvenes que son aficionados, que sienten, entienden y aman la tauromaquia, y que incluso sueñan con ser toreros?
La tauromaquia no se impone, se descubre. No se obliga, se elige. Y muchos niños eligen libremente acercarse a ella, formarse en escuelas taurinas, admirar a los toreros y comprender el rito desde dentro. Negarles esa posibilidad es cercenar vocaciones, romper la cadena de transmisión cultural y empujar a la Fiesta hacia una extinción artificial.
Resulta paradójico que, en una sociedad que presume de pluralidad y tolerancia, se recurra a la prohibición como herramienta ideológica. Prohibir no educa. Prohibir no protege. Prohibir empobrece. La verdadera protección pasa por informar, contextualizar y acompañar, no por vetar y censurar.
La tauromaquia ha sobrevivido durante siglos porque ha sabido renovarse sin perder su esencia, y porque ha contado siempre con la mirada ilusionada de los más jóvenes. Arrancar a los niños de las plazas es arrancarle a la Fiesta su porvenir.
Por eso, frente a esta nueva amenaza, cabe recordar una consigna tan sencilla como contundente:
prohibido prohibir.
Que decidan las familias.
Que decidan los niños.
Que la cultura siga viva
