Locuaz sin censura, intenso, de verbo desbordado y directo, claro como la luz de esa serranía donde se crió y donde fraguó en uno de los grandes de la ganadería brava.
Yo lo conocí hace más de cincuenta años, “amarrado al rabo de una vaca”, como le gustaba describirse para enfatizar su pertenencia ancestral a la tierra.
En ese tiempo su ilusión máxima era lidiar algún día con caballos en San Juan, en ese Albacete que luego sería la plaza de sus miedos más angustiosos y de sus mayores alegrías. En esa época aún lidiaba sin caballos con la ganadería que fundó su padre, el viejo Don Daniel, con desechos de las ganaderías vecinas.
Daniel se hizo grande desde abajo, desde la génesis del arte de criar toros bravos, con la sola ayuda de una ilusión casi salvaje y de un talento innato para ver y seleccionar la bravura en su esencia más pura.
Su trayectoria imparable hasta lo más alto es de todos conocida, más aún de los que de alguna manera acompañamos de cerca ese camino no desprovisto de dificultades, y que tuvimos la fortuna de impregnarnos de esa fuente inagotable de afición, de pasión y de sabiduría de ese hombre irrepetible.
El pasado martes se cumplieron tres años de su partida repentina, el destino quiso evitar un final lento y doloroso que no hubiese casado en absoluto con su vitalidad y su fuerza, murió en la boca de riego, como esos toros bravos y vibrantes que siempre buscó, y muchas veces encontró.
Su legado queda en manos de sus hijos Daniel y Alicia, ellos han absorbido como esponjas esa forma de hacer, ese afán por adentrarse en las profundidades del milagro de la bravura, esa forma de entender que el toro bravo debe ser el eje principal de la tauromaquia como protagonista del bello espectáculo de un hombre creando belleza ante una fiera.
Siempre en el recuerdo.
Maestro Juan Martínez Lorenzo – Matador de Toros
